Mientras Laetitia seguía con su paseo, Darius se juntó con sus compañeros de ronda, quienes sabían que tenía una buena relación con la familia real, en especial con la princesa. Al ver la sonrisa con la que llegaba al lugar en el que quedaban siempre antes de empezar la ronda, imaginaron que había vuelto a hablar con ella, y Kylar, el caballero con el que mejor se llevaba, le dio un codazo amistoso.
-¿Qué, os habéis encontrado con la princesa? –Le preguntó de manera un poco socarrona.
-Sí, hace un momento –le respondió Darius, sin dejar de sonreír.
-¿Se lo dijisteis al final? –Quiso saber otro caballero. Darius negó con la cabeza.
-No, no fui capaz –suspiró, perdiendo la sonrisa.
Los demás caballeros le dieron palmaditas en la espalda, como consolándolo.
-La próxima vez será, compañero –le dijo Kylar, sonriéndole.
-Supongo que sí –Darius correspondió a su sonrisa. Miró a los demás y alzó un poco la voz–. ¿Empezamos la ronda? –Todos asintieron–. Bien, pues dividámonos para cubrir más terreno. Nos encontraremos en este mismo lugar cuando el sol esté en su cénit.
Se separaron y él siguió el camino que llevaba a las inmediaciones de las murallas de la ciudad con la intención de controlar los posibles altercados que pudieran producirse en el pequeño mercado situado pegado a ellas. Por suerte, ese día no hubo ninguno, y pudo mantener sus pensamientos en lo que a él le interesaba en ese momento: Laetitia. Aquella chiquilla ocupaba su mente durante una gran parte del tiempo. Él pensaba que sentía algo por ella (pero no sabía exactamente el qué) y, por la actitud que ella mantenía hacia él y por algunas de sus palabras, a ella le ocurría lo mismo, o al menos eso creía él. Pero sabía que no debía revelar aquello –podía ser peligroso para ambos si alguien lo descubriera–. Sus compañeros de ronda lo habían descubierto solos, pero eso era debido a que se conocían desde pequeños, y ninguno de ellos dejaba pasar nada por alto ni sería capaz de desvelar ese secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, alzó la mirada hacia el cielo, y vio que el sol estaba a punto de alcanzar su cénit. Por ello, decidió emprender el camino hacia el punto de encuentro con la parsimonia que lo caracterizaba –no es que fuera vago, le gustaba tomarse las cosas con calma– y vigilar a su alrededor por si sucedía cualquier cosa, con la mano junto a la empuñadura de su espada enfundada y enganchada a sus calzones por si acaso. Al llegar allí, vio que aún no había llegado ninguno de los demás caballeros, por lo que se apoyó en un muro y miró al cielo sin dejar de mirar a su alrededor por ello. Antes de que se diera cuenta, había seis vándalos de corta edad rodeándolo.
-Parecéis un hombre acaudalado –le dijo el que parecía el cabecilla del grupo, un muchacho de apenas once años con aspecto muy desaliñado, al igual que el resto de chavales–. Denos su dinero y no acabaréis herido –continuó mientras sacaba una honda y una piedra; al parecer no había visto la funda de la espada del caballero.
Éste, esbozando una sonrisa comprensiva, sacó la bolsa en la que guardaba el dinero que empleaba en sus diversos pasatiempos –incluído comer– y repartió su contenido entre los seis niños. Ellos lo miraron con cara de no saber qué decir ante aquella acción tan repentina.
-Si queréis conseguir dinero, id a algún taller y pedidle al maestro artesano que os acepte como aprendices y os eduque, así obtendréis más ganancias que asaltando a los ciudadanos de esta ciudadela –les dijo con un tono serio de voz–. No conseguiréis nada en la vida si no aprendéis un buen oficio, ¿entendido?
Los muchachos asintieron y, antes de que Darius pudiera añadir algo más, realizaron sendas reverencias y se marcharon hacia el barrio de los artesanos al tiempo que los demás caballeros llegaban, atrayendo sus miradas. Kylar lo miró con extrañeza al darse cuenta de que su amigo estaba enganchando su bolsa de nuevo en sus calzones.
-¿Qué ha ocurrido? –Le preguntó.
-Me intentaron asaltar y los disuadí de hacerlo –Darius sonrió al decirlo–. No os preocupéis, compañero.
-De acuerdo, si vos lo decís... –Kylar correspondió a su sonrisa, al igual que los demás caballeros–. ¿Ha sucedido alguna cosa importante?
La mayoría de caballeros dijeron que no; la excepción fue uno que relató cómo había logrado impedir el secuestro de una joven doncella a manos de su prometido forzoso y cómo los padres de la muchacha lo habían colmado de agradecimientos. Todos los caballeros empezaron a entablar una pequeña discusión civilizada acerca de los matrimonios forzados, pero Darius, al darse cuenta de la hora que era, se despidió de ellos sin darles muchos detalles del lugar hacia el cual se dirigía y, tras dirigirles un gesto de despedida con la mano, se encaminó hacia palacio con paso tranquilo pero firme, sonriendo. Mientras, sus compañeros de ronda vieron cómo se alejaba y continuaron con el debate mientras se dirigían a una tasca en la que comer y beber un poco.
-¿Qué, os habéis encontrado con la princesa? –Le preguntó de manera un poco socarrona.
-Sí, hace un momento –le respondió Darius, sin dejar de sonreír.
-¿Se lo dijisteis al final? –Quiso saber otro caballero. Darius negó con la cabeza.
-No, no fui capaz –suspiró, perdiendo la sonrisa.
Los demás caballeros le dieron palmaditas en la espalda, como consolándolo.
-La próxima vez será, compañero –le dijo Kylar, sonriéndole.
-Supongo que sí –Darius correspondió a su sonrisa. Miró a los demás y alzó un poco la voz–. ¿Empezamos la ronda? –Todos asintieron–. Bien, pues dividámonos para cubrir más terreno. Nos encontraremos en este mismo lugar cuando el sol esté en su cénit.
Se separaron y él siguió el camino que llevaba a las inmediaciones de las murallas de la ciudad con la intención de controlar los posibles altercados que pudieran producirse en el pequeño mercado situado pegado a ellas. Por suerte, ese día no hubo ninguno, y pudo mantener sus pensamientos en lo que a él le interesaba en ese momento: Laetitia. Aquella chiquilla ocupaba su mente durante una gran parte del tiempo. Él pensaba que sentía algo por ella (pero no sabía exactamente el qué) y, por la actitud que ella mantenía hacia él y por algunas de sus palabras, a ella le ocurría lo mismo, o al menos eso creía él. Pero sabía que no debía revelar aquello –podía ser peligroso para ambos si alguien lo descubriera–. Sus compañeros de ronda lo habían descubierto solos, pero eso era debido a que se conocían desde pequeños, y ninguno de ellos dejaba pasar nada por alto ni sería capaz de desvelar ese secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, alzó la mirada hacia el cielo, y vio que el sol estaba a punto de alcanzar su cénit. Por ello, decidió emprender el camino hacia el punto de encuentro con la parsimonia que lo caracterizaba –no es que fuera vago, le gustaba tomarse las cosas con calma– y vigilar a su alrededor por si sucedía cualquier cosa, con la mano junto a la empuñadura de su espada enfundada y enganchada a sus calzones por si acaso. Al llegar allí, vio que aún no había llegado ninguno de los demás caballeros, por lo que se apoyó en un muro y miró al cielo sin dejar de mirar a su alrededor por ello. Antes de que se diera cuenta, había seis vándalos de corta edad rodeándolo.
-Parecéis un hombre acaudalado –le dijo el que parecía el cabecilla del grupo, un muchacho de apenas once años con aspecto muy desaliñado, al igual que el resto de chavales–. Denos su dinero y no acabaréis herido –continuó mientras sacaba una honda y una piedra; al parecer no había visto la funda de la espada del caballero.
Éste, esbozando una sonrisa comprensiva, sacó la bolsa en la que guardaba el dinero que empleaba en sus diversos pasatiempos –incluído comer– y repartió su contenido entre los seis niños. Ellos lo miraron con cara de no saber qué decir ante aquella acción tan repentina.
-Si queréis conseguir dinero, id a algún taller y pedidle al maestro artesano que os acepte como aprendices y os eduque, así obtendréis más ganancias que asaltando a los ciudadanos de esta ciudadela –les dijo con un tono serio de voz–. No conseguiréis nada en la vida si no aprendéis un buen oficio, ¿entendido?
Los muchachos asintieron y, antes de que Darius pudiera añadir algo más, realizaron sendas reverencias y se marcharon hacia el barrio de los artesanos al tiempo que los demás caballeros llegaban, atrayendo sus miradas. Kylar lo miró con extrañeza al darse cuenta de que su amigo estaba enganchando su bolsa de nuevo en sus calzones.
-¿Qué ha ocurrido? –Le preguntó.
-Me intentaron asaltar y los disuadí de hacerlo –Darius sonrió al decirlo–. No os preocupéis, compañero.
-De acuerdo, si vos lo decís... –Kylar correspondió a su sonrisa, al igual que los demás caballeros–. ¿Ha sucedido alguna cosa importante?
La mayoría de caballeros dijeron que no; la excepción fue uno que relató cómo había logrado impedir el secuestro de una joven doncella a manos de su prometido forzoso y cómo los padres de la muchacha lo habían colmado de agradecimientos. Todos los caballeros empezaron a entablar una pequeña discusión civilizada acerca de los matrimonios forzados, pero Darius, al darse cuenta de la hora que era, se despidió de ellos sin darles muchos detalles del lugar hacia el cual se dirigía y, tras dirigirles un gesto de despedida con la mano, se encaminó hacia palacio con paso tranquilo pero firme, sonriendo. Mientras, sus compañeros de ronda vieron cómo se alejaba y continuaron con el debate mientras se dirigían a una tasca en la que comer y beber un poco.
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