martes, 3 de junio de 2014

Capítulo 3

Durante los primeros minutos del mediodía Laetitia había estado bastante ocupada ayudando al criado encargado de limpiar el salón comedor a limpiar la sala y a poner la mesa, y después, a revisar que la comida estuviera siendo adecuadamente preparada. Les dijo a los guardias que custodiaban la puerta principal del palacio que dejaran pasar a Darius en cuanto llegara y que uno de ellos lo acompañara al comedor. Ambos guardias asintieron con firmeza tras escuchar la orden de la princesa y volvieron su vista al frente, pendientes de la llegada del caballero.

Ella estaba un poco más nerviosa de lo normal debido a una nota que había dejado su padre en el escritorio de su habitación. En ella el rey le explicaba que había tenido que marcharse sin avisar por un problema con el ejército de una nación enemiga, por el cual tendría que pasar un mes como mínimo fuera de Caelum. En el último párrafo le dedicaba unas palabras cariñosas, poco típicas en él, y le encargaba que le diera una pequeña nota que se encontraba debajo de ésa a Darius. Al terminar de leer el papel, cogió la notita, doblada por la mitad, y la nota principal y se las llevó al comedor para enseñarle al caballero la nota cuando llegara y entregarle la pequeña.

El reloj que había en el comedor marcó las doce y media, y el caballero no había llegado aún. Laetitia no estaba muy preocupada por él (sabía que podía arreglárselas muy bien solo), pero esperaba que no tardara mucho en llegar. Le pidió a su criada de confianza que llenara su copa con agua fresca y, estando bebiendo de ella, Darius Stern entró en el salón comedor acompañado por uno de los guardias. Ambos hicieron una reverencia profunda y ella le indicó al caballero con un gesto de la mano y una leve sonrisa –la cual no conseguía ocultar completamente su nerviosismo– que se sentara en el asiento situado a su derecha mientras le daba las gracias al guardia por traer al caballero y aquél volvía a su puesto. El caballero se sentó en el lugar que le había indicado la princesa y, tras pedir ella a la criada que llenara la copa del hombre con la misma agua que a ella, la despidió con la mano, dejándoles solos. El caballero la miró y notó su nerviosismo.

-¿Qué os sucede, princesa? –Preguntó, un poco pero sinceramente preocupado por ella.
-Mi padre no está en palacio –respondió ella, y leyó la nota en voz media. Al acabar, le entregó la pequeña nota a Darius.
-¿Una nota para mí? ¿Por qué? –Preguntó, bastante extrañado.
-No lo sé, lo pondrá en la nota –ella se encogió de hombros.

Darius desdobló la nota y la leyó para sí mismo. Se quedó mirándola, sorprendido y con un muy leve rubor en las mejillas. La princesa lo miró con preocupación.

-¿Qué sucede, caballero?
-Vuestro padre dice que debo quedarme con vos en palacio mientras él no esté aquí... –Respondió en un tono más bajo, anonadado–. Que debo cuidaros y protegeros o, si no... –Se calló.
-O si no, ¿qué...? –Preguntó la princesa, mirándolo preocupada. 

Él alzó sus ojos, apartándolos de la notita para centrarlos en los ojos de ella con semblante muy preocupado.

–Dice que si os ocurre cualquier cosa... seré ejecutado...

Ambos se quedaron en silencio durante un buen rato, mirándose, con la preocupación muy presente en sus rostros. Bebieron agua de sus copas sin apartar la mirada el uno del otro, sin saber lo que decir en aquel instante. 

Aunque sólo pareciera preocupada, Laetitia estaba muy, muy asustada. Su padre debía de estar en alguna misión francamente importante y ella debía correr mucho peligro; de otra forma, su padre no le habría pedido a Darius que fuera su escolta, y menos aún amenazándolo con ejecutarlo si fracasaba al protegerla del peligro, fuera cual fuera. Por otro lado, ella estaba un poquito nerviosa por tener  que tener a la persona por la cual sentía algo cerca de ella las veinticuatro horas del día, y no estaba segura de cómo actuar delande del caballero.

A la vez que Laetitia pensaba todo esto, parte de sus nervios y de su miedo se reflejaron en su rostro sin que ella lo percibiese. Darius se dio cuenta de ello y extendió su mano hacia la fina y delicada mano de ella, agarrándola con suavidad. La chica se sobresaltó y lo miró, sorprendida. Él se levantó de su asiento y se arrodilló frente a la princesa, lo que le causó una sorpresa aún mayor.

-Princesa, juro solemnemente que os protegeré de cualquier mal que pueda afectaros –dijo él con un tono de voz muy serio, mirándola a los ojos–. Si fallo aunque sea solamente una única y diminuta vez en esta misión, prometo acatar las órdenes de tu padre y ser ejecutado en la plaza del pueblo por los demás caballeros, como le corresponde a un traidor cualquiera.
-Pero...
-No digáis nada –la interrumpió Darius con seriedad–. Aceptad mi palabra de caballero, y os protegeré con mi propia vida. ¿La aceptáis?
-Yo... –La princesa asintió, algo titubeante–. Sí, acepto vuestra palabra. Jamás desconfío de ella, y sé que cumpliréis a la perfección con vuestra misión.
-Perfecto –el caballero besó con gentileza el dorso de la mano de la princesa y se levantó, sin soltarla–. Contad conmigo para vuestra protección.

El caballero hizo una breve reverencia sin soltar la mano de la princesa, mirándola con gesto serio. Justo al acabar de realizarla, entró el cocinero llevando una gran bandeja de plata en sus manos y los observó, esperando a que Darius volviera a su lugar. Éste regresó a su asiento sin retirar la expresión seria de su rostro, ni siquiera cuando el cocinero terminó de servirles con generosidad el primer plato: jabalí al horno de piedra con setas silvestres y romero. 

-Espero que les aproveche la comida, señor, señorita... –El hombre hizo sendas inclinaciones de cabeza–. Avísenme cuando deseen el postre.

Ambos hicieron un leve gesto de asentimiento con la cabeza. El cocinero se retiró y volvió a la cocina para preparar el postre. Entre tanto, Laetitia y Darius bebieron un poco más de agua y empezaron a comer, saboreando la suculenta comida y dando buena cuenta de ella. 

Poco después, el cocinero les trajo un delicioso pudín de castañas y naranjas que ambos devoraron –pues no hay otra palabra que pueda emplearse para definir lo que hicieron con la comida–. Los dos felicitaron al cocinero por su trabajo, e insistieron en ayudar a los criados a recoger la mesa.

Capítulo 2

Mientras Laetitia seguía con su paseo, Darius se juntó con sus compañeros de ronda, quienes sabían que tenía una buena relación con la familia real, en especial con la princesa. Al ver la sonrisa con la que llegaba al lugar en el que quedaban siempre antes de empezar la ronda, imaginaron que había vuelto a hablar con ella, y Kylar, el caballero con el que mejor se llevaba, le dio un codazo amistoso. 

-¿Qué, os habéis encontrado con la princesa? –Le preguntó de manera un poco socarrona.
-Sí, hace un momento –le respondió Darius, sin dejar de sonreír.
-¿Se lo dijisteis al final? –Quiso saber otro caballero. Darius negó con la cabeza.
-No, no fui capaz –suspiró, perdiendo la sonrisa.

Los demás caballeros le dieron palmaditas en la espalda, como consolándolo.

-La próxima vez será, compañero –le dijo Kylar, sonriéndole.
-Supongo que sí –Darius correspondió a su sonrisa. Miró a los demás y alzó un poco la voz–. ¿Empezamos la ronda? –Todos asintieron–. Bien, pues dividámonos para cubrir más terreno. Nos encontraremos en este mismo lugar cuando el sol esté en su cénit.

Se separaron y él siguió el camino que llevaba a las inmediaciones de las murallas de la ciudad con la intención de controlar los posibles altercados que pudieran producirse en el pequeño mercado situado pegado a ellas. Por suerte, ese día no hubo ninguno, y pudo mantener sus pensamientos en lo que a él le interesaba en ese momento: Laetitia. Aquella chiquilla ocupaba su mente durante una gran parte del tiempo. Él pensaba que sentía algo por ella (pero no sabía exactamente el qué) y, por la actitud que ella mantenía hacia él y por algunas de sus palabras, a ella le ocurría lo mismo, o al menos eso creía él. Pero sabía que no debía revelar aquello –podía ser peligroso para ambos si alguien lo descubriera–. Sus compañeros de ronda lo habían descubierto solos, pero eso era debido a que se conocían desde pequeños, y ninguno de ellos dejaba pasar nada por alto ni sería capaz de desvelar ese secreto. 

Mientras pensaba en estas cosas, alzó la mirada hacia el cielo, y vio que el sol estaba a punto de alcanzar su cénit. Por ello, decidió emprender el camino hacia el punto de encuentro con la parsimonia que lo caracterizaba –no es que fuera vago, le gustaba tomarse las cosas con calma– y vigilar a su alrededor por si sucedía cualquier cosa, con la mano junto a la empuñadura de su espada enfundada y enganchada a sus calzones por si acaso. Al llegar allí, vio que aún no había llegado ninguno de los demás caballeros, por lo que se apoyó en un muro y miró al cielo sin dejar de mirar a su alrededor por ello. Antes de que se diera cuenta, había seis vándalos de corta edad rodeándolo.

-Parecéis un hombre acaudalado –le dijo el que parecía el cabecilla del grupo, un muchacho de apenas once años con aspecto muy desaliñado, al igual que el resto de chavales–. Denos su dinero y no acabaréis herido –continuó mientras sacaba una honda y una piedra; al parecer no había visto la funda de la espada del caballero.

Éste, esbozando una sonrisa comprensiva, sacó la bolsa en la que guardaba el dinero que empleaba en sus diversos pasatiempos –incluído comer– y repartió su contenido entre los seis niños. Ellos lo miraron con cara de no saber qué decir ante aquella acción tan repentina.

-Si queréis conseguir dinero, id a algún taller y pedidle al maestro artesano que os acepte como aprendices y os eduque, así obtendréis más ganancias que asaltando a los ciudadanos de esta ciudadela –les dijo con un tono serio de voz–. No conseguiréis nada en la vida si no aprendéis un buen oficio, ¿entendido?

Los muchachos asintieron y, antes de que Darius pudiera añadir algo más, realizaron sendas reverencias y se marcharon hacia el barrio de los artesanos al tiempo que los demás caballeros llegaban, atrayendo sus miradas. Kylar lo miró con extrañeza al darse cuenta de que su amigo estaba enganchando su bolsa de nuevo en sus calzones.

-¿Qué ha ocurrido? –Le preguntó.
-Me intentaron asaltar y los disuadí de hacerlo –Darius sonrió al decirlo–. No os preocupéis, compañero.
-De acuerdo, si vos lo decís... –Kylar correspondió a su sonrisa, al igual que los demás caballeros–. ¿Ha sucedido alguna cosa importante? 

La mayoría de caballeros dijeron que no; la excepción fue uno que relató cómo había logrado impedir el secuestro de una joven doncella a manos de su prometido forzoso y cómo los padres de la muchacha lo habían colmado de agradecimientos. Todos los caballeros empezaron a entablar una pequeña discusión civilizada acerca de los matrimonios forzados, pero Darius, al darse cuenta de la hora que era, se despidió de ellos sin darles muchos detalles del lugar hacia el cual se dirigía y, tras dirigirles un gesto de despedida con la mano, se encaminó hacia palacio con paso tranquilo pero firme, sonriendo. Mientras, sus compañeros de ronda vieron cómo se alejaba y continuaron con el debate mientras se dirigían a una tasca en la que comer y beber un poco.