Era un nuevo día en Caelum, una pequeña ciudad rodeada por una muralla gruesa y prácticamente impenetrable situada en la base de una montaña. El sol salió, iluminando la llanura en la que se construyó esta ciudadela. En ella habitaban los personajes más ilustres de la comarca, incluido el mismísimo rey de la nación y su familia, los Caelarum, pero también había gentes de la clase trabajadora, los cuales disfrutaban de grandes riquezas gracias a la generosidad de los nobles. Rodeada por una muralla inexpugnable, ese lugar era el más seguro de toda la región, y era próspero gracias a la cerámica que los grandes artesanos producían y a las personas de otras regiones que acudían para ver cómo vivían los que poseían títulos nobiliarios.
Transcurría la Edad Media. Las mujeres nobles llevaban vestidos que apenas mostraban el cuello y algo de escote y de tobillo, y eso, las más atrevidas, y la mayoría tenían el pelo recogido en elegantes moños. Los hombres vestían conjuntos de mallas, calzones y camiseta, y llevaban el pelo corto, pero no rapado, y los pocos que lo llevaban largo lo llevaban atado con un trozo de cuero teñido de diversos colores. Los niños vestían versiones en miniatura de los conjuntos de sus padres, y sin preocuparse por ensuciar su ropa, jugueteaban en las calles de la ciudadela mientras que los jóvenes y adultos mantenían cierta indiferencia ante ellos a la vez que se paseaban por las mismas calles.
Por una de esas calles paseaba una joven de larga melena morena sin recoger y llamativos ojos verdes, ataviada con un vestido dorado ribeteado con encaje en los puños y el escote barco y unos zapatos del mismo color de un estilo parecido a los actuales mocasines. Era Laetitia Caelarum, hija del rey Marcus Caelarum, una de las nobles más apreciadas y queridas de la ciudadela. Estaba observando el pueblo, como hacía todas las mañanas por rutina, sin que por ello fuera aburrida; así podía comprobar la prosperidad de los talleres y demás tiendas y controlar si había algún desperfecto en las calles. Saludó a un alfarero, sonriendo, y ayudó a levantarse a una niña que se había caído al suelo; ambos le devolvieron una sonrisa tímida pero sincera, mirándola con admiración. Hizo un gesto de respeto con la cabeza hacia los caballeros de Su Majestad con los que se cruzaba durante su ronda matutina, y ellos se lo devolvieron, empezando a murmurar animadamente entre ellos cuando vieron que ella estaba a la suficiente distancia para no oírlos.
Bastantes metros más adelante, Laetitia se chocó por accidente con alguien que iba andando con prisa en dirección contraria. La persona le agarró la mano y la sujetó para impedirla que se cayera.
-Perdóneme, señorita, debí haber mirado por dónde iba... –Dijo la persona, un hombre, para ser más concretos.
-No os preocupéis, no me ha sucedido nada –Dijo la princesa, echándole una mirada, y lo reconoció. Esbozó una sonrisa–. Buenos días, Darius.
Él se separó al reconocerla e hizo una leve reverencia, sonriendo.
-Buenos días, princesa. ¿Cómo os encontráis en esta hermosa mañana?
-Muy bien, caballero. ¿Y vos? ¿Cómo que no estáis con el resto de caballeros que hacen la ronda?
-He de reconocer que Morfeo me acogió en sus brazos más tiempo del que debería –susurró Darius, y soltó una leve risa–. Pero no se lo digáis a nadie, o vuestro padre podría matarme.
-Tranquilo, vuestro secreto está a salvo conmigo –respondió Laetitia, guiñándole un ojo–. Será mejor que os deje pasar, por si los que os matan cuando lleguéis con ellos son vuestros compañeros.
-Ha sido un honor verla –volvió a inclinarse, sonriendo muy levemente sonrojado.
–El honor ha sido mío –La princesa hizo una reverencia, con una sonrisa en los labios–. Venid cuando queráis a palacio... ¿Qué os parece este mismo mediodía, para la hora de comer?
-¿Vuestro padre estará de acuerdo con ello? –El caballero preguntó, algo receloso por la actitud que solía mostrar el monarca ante las visitas de gente de la baja nobleza.
-Claro que no, sabéis que os tiene en gran estima, casi tanto como yo –respondió ella con un tono algo cariñoso, pero que no admitía réplicas, y antes de que él pudiera añadir alguna, continuó hablando–. Os espero allí sobre las doce y media. Hasta entonces, que tengáis una buena mañana.
-Lo mismo os digo, princesa.
El hombre siguió su camino tras hacer una nueva reverencia, sonriendo. Mientras, la princesa retomó su paseo, ocultando una sonrisita que pugnaba por salir de sus labios.
Aquel hombre era Darius Stern, el caballero que había sido su escolta desde que era una mocosa delgaducha. Con el tiempo se habían hecho amigos y él se había ganado la confianza de su padre, algo casi imposible de conseguir, incluso para ella. No obstante, había algo que ella ocultaba, ya que podía convertirse en su ruina si cualquier persona se enteraba de ello: por ese caballero sentía algo más que la amistad y confianza que demostraba cada vez que lo veía.
La joven siguió con su paseo y, tras hacer algunas compras en los puestos del mercado, regresó a palacio con total tranquilidad.